Concrete Jungle

acaso esto se trata de algo?

jose saramago estrena blog y libro

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hoy vía adnCultura me encontre con que José Saramago estrenó un blog personal. Está bueno porque publican también en español para nosotros que con el portugues estamos complicados. Otro lado positivo es que uno se encuentra con cosas como esta y además con la noticia de que hay un nuevo libro en puerta. La carta de presentación escrita por una tal Pilar es la siguiente, y abajo un fragmento del libro mismo

José Saramago ha terminado un nuevo libro: El viaje del elefante .

 Queridas amigas, queridos amigos,      

Escribir este libro no ha sido un paseo por el campo: Saramago comenzó esta tarea cuando estaba incubando una enfermedad que tardó meses en dar la cara y que acabó manifestándose con una virulencia que hizo que los más cercanos temiéramos por su vida. Él mismo, en el hospital, llegó a dudar de que pudiera terminar el libro. Sin embargo, siete meses después, Saramago, restablecido y con nuevos bríos, ha puesto el pinto final a una narración que no sabe si llamar novela, y que cuenta el viaje épico de un elefante asiático llamado Salomón que, en el siglo XVI, tuvo que recorrer Europa por caprichos reales y absurdas estrategias.
El viaje del elefante es un libro coral donde los personajes entran, salen y se renuevan de acuerdo con las necesidades narrativas que el autor se impuso y les impuso. El elefante y su cornaca tienen nombre, como otros personajes que figuran en los manuales de historia, aunque aparecen también personajes anónimos, gente con la que los miembros de la caravana se van cruzando y con la que comparten perplejidades, esfuerzos o la armoniosa alegría de un techo, después de tantos días dormidos al relente. 
Pese a no ser un libro voluminoso, tendrá alrededor de 240 páginas, podremos reconocer en sus páginas la imaginación de Saramago, la compasión solidaria, ese sentimiento que, expresándose literariamente, es sobretodo humano. Este sentimiento atraviesa la obra, la distingue y la significa. Encontraremos también el humor que el escritor emplea para salvarse a así mismo y para que el lector pueda penetrar el laberinto de humanidades en conflicto sin tener que abjurar de su condición indagadora de humano y de lector. Como siempre, toparemos con la ironía, el sarcasmo, la belleza en estado puro, la responsabilidad de escribir, el arte de haber escrito. 
Saramago nos regala un nuevo título. Que no es un libro histórico, pese a que trate de un suceso que está en la historia, o, para ser más rigurosos, en la pequeña historia, aunque intervengan personajes que tuvieron vida real en su día y que ahora vuelven a tener otra oportunidad al ponerse a convivir con otros procedentes de la imaginación del escritor y, todos juntos, habitar las mismas páginas, aunque no las mismas peripecias. Cuando leáis el libro sabréis a qué me refiero. Por supuesto, 
El viaje del elefante está puntuado de acuerdo con las reglas de Saramago, los diálogos se intercalan en la narración, un todo que el lector tendrá que organizar de acuerdo con su propia respiración. El lector, ese ente fundamental, al que Saramago considera y respeta y al que continuamente interpela, ya sea adelantándole consecuencias de ciertos actos o recordándole otros, implicándole en el texto, en definitiva, porque escribir, como leer, no son actos inocentes, son intentos de forzar la inteligencia para llegar un poco más lejos, más allá de Viena, o de Valladolid o de Lisboa, más allá de lo que éramos al despertarnos por la mañana y encontrarnos con un día más por delante.
Queridas amigas, queridos amigos, con estas líneas solo pretendo dar la noticia de que tenemos un nuevo libro de Saramago que incorporar a nuestra vida de lectores. No os defraudará, al contrario, lo leeréis, estoy segura, con la emoción con que ha sido escrito y que sobrevuela cada línea, cada palabra. No es un libro más, es el libro que estábamos esperando y que ha llegado a buen puerto, si cada lector es un puerto y es bueno. Salomón, el elefante, no tuvo tanta suerte, pero de eso no hablaré, esperad al otoño y entonces sí: ahí, en varios idiomas a la vez, podremos comentar páginas, aventuras, desenlace. Los materiales de la ficción, pero también de la vida.
A todos, un abrazo y felicidades.
Pilar

El viaje del elefante – Fragmento

   No sopla viento, sin embargo la niebla parece moverse en lentos torbellinos como si el propio bóreas en persona, la estuviera soplando desde el más recóndito norte y desde los hielos eternos. Lo que no está bien, lo confesamos, es que, en situación tan delicada como ésta, alguien venga y se ponga a sacarle lustre a la prosa para añadirle algunos reflejos poéticos sin asomo de originalidad. A esta hora los compañeros de la caravana ya han notado la falta del ausente, dos se han declarado voluntarios para retroceder y salvar al desdichado naufrago, y eso sería muy de agradecer si no fuese por la fama de poltrón que le quedaría para el resto de su vida, Imagínense, diría la voz pública, el tipo allí sentado, esperando que apareciese alguien a salvarlo, hay gente que no tiene ninguna vergüenza. Es verdad que estuvo sentado, pero ahora ya se ha puesto en pie y ha dado valientemente el primer paso, la pierna derecha primero, para exorcizar los maleficios del destino y de sus poderosos aliados, la suerte y la casualidad, la pierna izquierda de repente dubitativa, y no era caso para menos, pues el suelo ha dejado de verse, como si una nueva marea de niebla hubiese comenzado a subir. Al tercer paso ya no consigue ver ni siquiera sus propias manos extendidas hacia delante, como para proteger la nariz del choque contra una puerta inesperada. Fue entonces cuando se le presentó otra idea, la de que el camino tuviera curvas a un lado y a otro, y que el rumbo adoptado, una línea que no sólo quería ser recta, una línea que también quería mantenerse constante en esa dirección, acabara conduciéndolo a páramos donde la perdición de su ser, tanto la del alma como la del cuerpo, estaría asegurada, en el último caso con consecuencias inmediatas. Y todo esto, oh suerte malvada, sin un perro para enjugarle las lágrimas cuando el gran momento llegase. Todavía pensó en volver atrás, pedir abrigo en la aldea hasta que el banco de niebla se deshiciera por sí mismo, pero, perdido el sentido de orientación, confundidos los puntos cardinales como si estuviese en un espacio exterior del que nada supiera, no encontró mejor respuesta que sentarse otra vez en el suelo y esperar que el destino, la casualidad, la suerte, cualquiera de ellos o todos juntos, trajeran a los abnegados voluntarios hasta el minúsculo palmo de tierra en que se encontraba, como una isla en el mar océano, sin comunicaciones. Con más propiedad, una aguja en un pajar. Al cabo de tres minutos, dormía. Extraño animal es este bicho hombre, tan capaz de tremendos insomnios por culpa de insignificancias como de dormir a pierna suelta en vísperas de la batalla. Así sucedió. Entró en el sueño, y es de creer que todavía hoy estaría durmiendo si salomón no hubiera soltado, de repente, en cualquier lugar de la niebla, un barrito atronador cuyos ecos podrían haber llegado hasta las distantes orillas del ganges. Aturdido por el brusco despertar, no consiguió distinguir en qué dirección podría estar el emisor sonoro que había decidido salvarlo de un congelamiento fatal, o peor aún, de ser devorado, porque esto es tierra de lobos, y un hombre solo y desarmado no tiene salvación ante una jauría o un simple ejemplar de la especie. La segunda llamada de salomón fue más potente aún que la primera, comenzó siendo una especie de gorgoteo sordo en los abismos de la garganta, como un redoble de tambores, a la que inmediatamente sucedió el clangor sincopado que forma el grito de este animal. El hombre ya va atravesando la bruma como un caballero disparando la carga, de lanza en ristre, mientras mentalmente implora, Otra vez, salomón, por favor, otra vez. Y salomón le respondió, soltó un nuevo barrito, menos fuerte, como de simple confirmación, porque el naufrago que era ya dejaba de serlo, ya se va acercando, aquí está el carro de intendencia de la caballería, no se le  pueden distinguir los pormenores porque las cosas y las personas son como borrones indistintos, otra idea se nos ocurre ahora, bastante más incómoda, supongamos que esta niebla es de las que corroen las pieles, la de las personas, la de los caballos, la del propio elefante, pese a su grosor, que no hay tigre que le meta el diente, las nieblas no son todas iguales, un día se gritará, gas, y ay de aquel que no lleve en la cabeza una celada bien ajustada. A un soldado que pasa, llevando el caballo de las riendas, el naufrago le pregunta si los voluntarios ya han regresado de la misión de salvamento y rescate, y éste respondió a la interpelación con una mirada de desconfianza, como si tuviera delante a un provocador, que haberlos los había en abundancia en el siglo dieciséis, basta consultar los archivos de la inquisición, diciendo secamente, Dónde has ido a buscar esas fantasías, aquí no ha habido ninguna petición de voluntarios, con una niebla así la única actitud sensata es la que adoptamos, mantenernos juntos hasta que se levantara por sí misma, además, pedir voluntarios no es muy del estilo del comandante, en general se limita a apuntar tú, tú y tú, vosotros, adelante, marcha, el comandante dice que, héroes, héroes, o vamos a serlos todos, o nadie. Para hacer más evidente las ganas de acabar la conversación, el soldado subió rápidamente sobre el caballo, dijo hasta luego y desapareció en la niebla. No iba satisfecho consigo mismo. Había dado explicaciones que nadie le pidió, realizado comentarios para los que no estaba autorizado. Sin embargo, le tranquilizaba el hecho de que el hombre, aunque no parecía tener el físico adecuado, debería pertenecer, otra posibilidad no cabía, que se sepa, al grupo de los que fueron contratados para ayudar a tirar y empujar los carros de bueyes en los pasos difíciles, gente de pocas hablas y, en principio, de escasísima imaginación. En principio, dígase así, porque al hombre perdido en la niebla imaginación no parece haberle faltado, vista la ligereza con que sacó de la nada, de lo no acontecido, los voluntarios que deberían haber acudido a salvarlo. Afortunadamente para su credibilidad pública, el elefante es otra cosa. Grande, enorme, barrigudo, con una voz capaz de asustar a los menos timoratos y una trompa como no la tiene ningún otro animal de la creación, el elefante nunca podría ser producto de una imaginación, por muy fértil y propensa al riesgo que fuese. El elefante, simplemente, o existía, o no existía. Es por tanto hora de visitarlo, hora de agradecerle la energía con que usó la salvadora trompeta que dios le dio, si ese sitio fuera el valle de josefat habrían resucitado los muertos, pero siendo sólo lo que es, un pedazo bruto de tierra portuguesa ahogado por la niebla donde alguien, quien, estuvo apunto de morir de frío y de abandono, diremos, para no perder del todo la trabajosa comparación en que nos metimos, que hay resurrecciones tan bien administradas que llega a ser posible su ejecución antes de que le sucedan al propio sujeto. Era como si el elefante hubiese pensado, Ese pobre diablo va a morir, voy a resucitarlo. Y aquí tenemos al pobre diablo deshaciéndose en agradecimientos, jurando gratitud para toda la vida, hasta que el cornaca se decidió a preguntarle, Qué es lo que el elefante ha hecho para que le estés tan agradecido, De no ser por él, yo habría muerto de frío o habría sido devorado por los lobos, Y cómo consiguió eso, si no ha salido de aquí desde que se despertó, No ha necesitado salir de aquí, fue suficiente que soplara su trompeta, yo estaba perdido en la niebla y fue su voz la que me salvó, Si alguien puede hablar de las obras y de los hechos de salomón, soy yo, que para eso soy su cornaca, por tanto no vengas con esas tretas de que has oído un barrito, Un barrito, no, los barritos que estas orejas que la tierra ha de comerse fueron tres. El cornaca pensó, Este fulano está loco de atar, se le fue la cabeza con la fiebre de la niebla, eso es lo más seguro, de casos semejantes se ha oído hablar, Después, en voz alta, Para no quedarnos aquí discutiendo barrito sí, barrito no, barrito quizás, pregúntale a esos hombres que vienen por ahí si han oído algo. A los hombres, tres bultos cuyos difusos contornos parecían oscilar y temblar a cada paso, daban inmediatas ganas de preguntarles, Adónde queréis ir con semejante tiempo. Sabemos que no era ésta la pregunta que el maníaco de los barritos les hacía en este momento, y sabemos la respuesta que le estaban dando. Lo que no sabemos es si alguna de estas cosas están relacionadas unas con otras, y cuáles, y cómo. Lo cierto es que el sol, como una inmensa escoba luminosa, rompió de repente la niebla y la empujó a lo lejos. El paisaje se hizo visible en aquello que siempre había sido, piedras, árboles, barrancos, montañas. Los tres hombres ya no están aquí. El cornaca abre la boca para hablar, pero vuelve a cerrarla. El maníaco de los barritos comenzó a perder consistencia y volumen, a encogerse, se hizo redondo, transparente como una pompa de jabón, si es que los pésimos jabones que se fabricaban entonces eran capaces de formar esas maravillas cristalinas que alguien tuvo el genio de inventar, y de repente desapareció de la vista. Hizo plof y se esfumó. Hay onomatopeyas providenciales. Imagínense que teníamos que describir el proceso de evaporación del sujeto con todos los pormenores. Serían necesarias, por menos, diez páginas. Plof.

Written by Pedro De Mendoza

15 septiembre 2008 a 20:28

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